LA FRASE DEL PERIODO DE TIEMPO QUE VA DESDE SU PUBLICACION HASTA SU REEMPLAZO POR OTRA

"Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado tendría un peso tal sobre nuestro presente, que no soportaríamos abordar un solo instante más, y mucho menos entrar en él. La vida sola le resulta soportable a los caracteres triviales, a aquellos que, precisamente, no recuerdan."
(E.M. Cioran)

domingo, 2 de diciembre de 2007

EL DR.ROBLES EN UN CUMPLEAÑOS DE 15

La armonía se respiraba en el aire de la Redacción de NADA (una armonía disonante tal vez). Rne se acercó de forma casi furtiva hacia mí y me dijo en voz baja: “Doctor, venga a mi oficina”. Me llamó la atención el pedido, ya que él no tiene oficina. Es más, nadie aquí tiene algo que se parezca a una oficina. Luego me di cuenta de que Rne cree que un escritorio cualquiera ya puede considerarse oficina.
”Siéntese”, dijo entre nervioso y apenado.
”No hay silla más que para que vos, muchacho”, le dije.
”Sí, tiene razón. Bueno, siéntese en mi silla y yo me quedo parado”
No acepté, me parecía un abuso de mi parte. Reñimos hasta que Rne, ya más furioso, mandó la silla lejos de una patada y dijo, con una vena que se hacía cada vez más prominente en su frente: “Nos quedamos los dos parados y listo”. No discutí más.
”Doctor, necesito que me acompañe a un cumpleaños de 15 este sábado. Es de suma importancia que cuente con su presencia. De paso, usted observa, obtiene material para escribir alguna nota y hablamos un rato como buenos amigos, eh, ¿no le parece genial? ¿eh? Perfecto, todo arreglado entonces”, dijo Rne sin respirar casi.
La propuesta me pareció totalmente absurda. ¿Yo, ya un hombre grande, en un cumpleaños de 15 con desconocidos? Pero bueno, la idea de imaginar a Rne en la misma situación (por más que él sí conociera a la gente que asistitiría) era tal vez más absurda aún y él iba a ir de todos modos. Me dio lástima este muchacho y le dije que sí aunque le manifesté que no lograba entender el vínculo entre esa fiesta y mi labor en NADA. “Yo soy un sociólogo, no un crítico culinario, ni un periodista de la farándula. Lo mío es algo sumamente serio, y no es que quiera subestimar a los críticos culinarios (a los otros que mencioné sí), pero vos sabrás entender que mis escritos son de una importancia un poco mayor. ¿Vos leíste con atención mis colaboraciones para NADA?”
Rne se quedó en silencio, se masajeó un poco el cuello con gesto de molestia y dijo: “Eeeeeh, pase por mi casa a eso de las nueve el sábado, doctor”.

Finalmente, el momento de la fiesta llegó. Fue antes de entrar que me enteré de que no estaba invitado y que Rne me llevaba de contrabando.
“Diga que es el tío Julián, o algo así”
”Ah, interesante estratagema, voy a hacerme pasar por otro invitado”
”No, no sé. Pero “tío Julián” suena creíble, no lo podemos negar”
”Pero por lo que estuve observando, allí tienen una lista bien detallada, con nombres y apellidos y lamento hacerte notar que esos motes familiares y confianzudos no son suficientes como para garantizar mi entrada y que “tío Julián” es tan creíble como “tío Blas”, “tío Amilcar” o “tío Nicomedes”, no sé si se entiende el punto”
”Ah, ¿usted prefiere Amilcar, entonces?”
Estaba por explicar nuevamente mi punto, pero para esta altura de la conversación ya estábamos en la puerta y Rne le hacía gestos a la recepcionista indicando que mi salud mental no estaba en su mejor momento mientras decía con exagerada cortesía y en voz alta: “¿Vio tío Julián que ya llegamos y entramos?”. De haber contado con un mejor control en la puerta, jamás habría entrado, de eso estén seguros. El plan era desastroso desde el punto de vista logístico, era obra de un improvisado ya desesperado. Empecé a temer por la salud mental de Rne y comencé a observarlo con más cuidado.
Al entrar, un número elevado de gente se encontraba interrelacionándose verbalmente mientras ingería algunos alimentos y aperitivos. Rne se quedó parado mientras ensayaba una especie de plegaria al Tiempo para que todo pasara rápido. A los diez minutos, me pidió que lo acompañara al baño (situación que se iba a repetir infinidades de veces durante la noche). Me invitó a entrar a uno de los cubículos sanitarios aislados por una puerta. Yo le comenté lo desatinada que me parecía la idea, siendo nosotros dos hombres. Me presté como voluntario para conseguirle una señorita si él lo deseaba, pero Rne me entró a empujones.
”No sea tonto, Robles, es una mera inspección de baño. Mire, ¿ve esa ventanita? En última instancia si ya no aguanto me escapo por ahí. Es bueno recopilar este tipo de datos. ¿Pasará mi cuerpo por esa ventana? ¿Adónde da la ventana? A ver, me subo al inodoro y me fijo”.
Sí, sin dudas, la psique de Rne ya tambaleaba. Estaba por emprender la huída cuando un ruido infernal me detuvo. Con Rne nos miramos sin saber qué ocurría. “¡El fin del mundo! ¡estoy salvado! ¡Si!”, dijo Rne, pero fue mi triste deber comunicarle que el ruido provenía del secamanos y no de un cataclismo cósmico. Los invitados iban mucho al baño y el ruido del secamanos era una constante. Los adolescentes por lo general presentan un cuadro de humedecimiento del pelo compulsivo, sumado a un notable narcisismo que los conduce a pasar largos períodos de tiempo frente al espejo. Mientras yo pensaba todo esto y comenzaba mis primeras tareas de observador social, Rne ya estaba frente al espejo traumatizado, tratando de encontrarse consigo mismo.
”Esto no es para mí, doctor, no, no, no, no es para mí”
“Vamos, muchacho, vamos a la mesa”
, le dije con un tono paternal (y no me faltaron ganas de encajarle un sopapo)
Cada mesa estaba bautizada con el nombre de un grupo musical, en un intento de evitar la frialdad de la denominación numérica. Rne paseó por cada mesa en una búsqueda frenética. Me costó, pero finalmente lo convencí de que la mesa “Grateful Dead” no debía de existir. Se resignó y se sentó en “The Beatles”, que era la que nos habían asignado, o algo así, porque obviamente no había silla para mí, siendo yo un polizón casi. “Improvisemos, Robles”, dijo con tono sagaz Rne mientras giñaba un ojo. Tono que se podría haber ahorrado, porque si su idea de improvisación refinada es que dos personas ya grandes compartan una misma silla con la esperanza de que nadie se de cuenta, no me quiero imaginar las ideas de este muchacho en sus momentos menos inspirados. Para colmo de males, si le sumamos la cantidad de veces que nos levantamos para ir a los sanitarios, estoy seguro que muchos habrán pensado que se cernía alguna extraña relación entre nosotros. “Ah, este tío Julián”, repetía de forma muy poco creíble Rne a cada uno que nos miraba pasar. Habían pasado diez o quince minutos desde que nos habíamos sentado cuando Rne se percató de que no había Coca-Cola en la mesa. Las pupilas se le dilataron y me propuso con desesperación solapada tras una risa nerviosa que fuéramos hasta un kiosco a comprar. Le pedí encarecidamente que se calmara y que me dejara hacer algunas anotaciones y además le advertí que le iba a hacer mal tanto nerviosismo. “Sí”, me dijo rendido y de pronto su ansiedad se disipó. Claro, era el momento de la depresión.Resonaban en el salón los compases en ¾ de Strauss mientras Rne estaba acodado en la mesa con un vaso de jugo de naranja en la mano. De haber tenido un whisky, la postal de hombre derrotado hubiera sido perfecta. Y así estuvo largo rato sin hablar. A veces soltaba el vaso y se tomaba la frente, como tratando de extirparse algún pensamiento inadecuado. De Strauss se pasó a otras métricas y al rato los invitados habían armado ya lo que se denomina “trencito”. Esta práctica consiste en agarrarse de las caderas de otra persona por detrás mientras uno pone a disposición las suyas a otra persona que a su vez repetirá el procedimiento. De esta manera, los participantes se vinculan de la manera en la que lo hacen los vagones de un tren. A veces hay trenes cíclicos que en realidad son círculos y en otras oportunidades uno de los participantes hace las veces de máquina y no toma las caderas de nadie para poder conducir al resto, casi siempre con ademanes salerosos realizados con las manos. No pude evitar pensar en qué hubiera pasado de haber participado Rne en este ritual. Como vagón raso, tal vez se hubiera dejado arrastrar (de mala gana, claro), pero como conductor de seguro hubiera conducido a todos fuera del carril y, además, una vez todos descarrilados, seguramente habría incurrido en alguna metáfora de la índole de que la vida es esperar un tren que nunca pasa o algo por el estilo.Temiendo por la integridad psicológica de mi compañero traté de distraerlo.
“¿Ves las luces esas que están ahí? Son ultravioletas, las mismas que utilizan para controlar las marcas de los billetes”.
Ni bien hube terminado de decirlo Rne se paró sobre la silla y sacó la billetera. Cuando estaba a punto de ponerse a controlar un billete de 50 pesos, lo senté a la fuerza ante la mirada desconcertada de los compañeros de mesa. “Ah, este tío Julián”, dijo mi insoportable compañero con bronca.Afortunadamente, una jarra con un líquido que aparentaba ser Coca-Cola llegó cual dádiva de alguna deidad piadosa. Los ojos de Rne se iluminaron y como si fuera un adicto a los opiáceos que ya ni se molesta en distinguir entre opio, heroína, morfina, metadona o lo que fuera se lanzó a tomar sin importar si era realmente Coca-Cola u otra bebida similar. Pensé que el clima se iba a poner más relajado y que el Rne que más estimo iba a aflorar para el beneplácito de mi ya sobre exigida paciencia. Me equivoqué otra vez. Mientras tomaba tuvo la brillante idea de poner su corazón en la mesa y comenzar a contarme todas sus penas. Yo mientras inspeccionaba el contenido de la jarra, casi convencido de que esa supuesta gaseosa tenía alcohol. Rne se despachaba con una letanía de lamentos brutalmente sinceros (otros medio sensibleros) mientras yo asentía con la cabeza y pensaba en, aún a mi edad, observar rápidamente algún paso de baile de moda y practicarlo en la pista sólo para no escuchar más a mi amigo embriagado en su particular y abstemia manera.
Al fin la comida hizo su entrada. La modalidad elegida para la distribución de los alimentos requería la participación de los comensales, quienes debían dirigirse con sus platos para elegir entre diferentes tipos de pastas. La idea, como era de esperarse, no gustó a Rne que, ya en el umbral de la demencia, se puso a protestar. “¿Qué es esto de hacer cola por comida? ¿Dónde estamos, en Auschwitz?”, decía mientras yo sonreía nerviosamente. Uno de los invitados, un anciano, resultó ser un sobreviviente de la barbarie nazi y el comentario obviamente lo irritó. Se increparon uno al otro, Rne le dijo que no había manera objetiva de medir el sufrimiento y comenzó una discusión tumultuosa y violenta en la cual se mencionaron personajes dispares como Heinrich Himmler, Carles Casagemas, Juan Vital Surrouille, Hölderlin y Max Stirner, entre otros. Finalmente intercedí, ayudé a quitar la dentadura postiza que le había quedado a Rne clavada en el brazo derecho y le comenté al pobre anciano que Rne era un buen tipo, para nada racista ni fascista, y traté de justificar su demencia alegando que había tomado un poco de más. “Ah, la nueva, ahora se emborrachan con Coca-Cola, ¿no?”, dijo nada lerdo el viejito que sin duda lo había estado observando a Rne de antes. “Ehhh, no… -traté de disimular- es Coca-Cola pero tiene mescalina diluída y bueno, un mal viaje lo puede sufrir cualquiera, ¿no?” El hombre me miró con desprecio y se fue refunfuñando epítetos irreproducibles. Mientras, mi protegido ya estaba metido en otra discusión, esta vez con un niño de no más de 6 años y el tema a debatir era la ecualización de los agudos por parte del DJ de la fiesta. Esta vez, decidí no involucrarme y le presté atención al llamado de mi estómago y al aroma seductor de las pastas.
Mientras yo hacía cola para comer ravioles vi como Rne, preocupado por la fama de antisemita que se había ganado (injustamente, vale aclarar, pero comprensiblemente de todos modos), trataba de enmendar sus dichos disculpándose con un mozo que recién había llegado y ni idea tenía de los acontecimientos que le relataba mi compañero. Ya Rne era un protagonista en la fiesta, sin dudas. Lamentablemente, ante cada hecho bochornoso que protagonizaba este muchacho, la gente dirigía su mirada a mí. “¿Qué miran?, yo soy el tío Julián, che, no molesten”, repetía yo.
Por suerte, los bríos de Rne se apaciguaron y así se quedaron. La mirada se le hizo un poquito más triste (o cansada, no sé) con cada hora, pero eso no evitó que señalara casi enfurecido que un guitarrista que estaba tocando en la fiesta tenía la tercera cuerda mal afinada. Le acerqué un vaso de Coca-Cola y se calló. Finalmente, el evento finalizó y nos fuimos raudos para Malaver. Al llegar, Rne se fue al techo de su casa a meditar. Por fortuna no me pidió que lo acompañara.
Así es que honestamente no pude realizar ninguna anotación realmente valiosa ni acerca del comportamiento de los adolescentes de hoy en día ni acerca del proceder de las personas en general durante las fiestas. Pero, tanto me insistieron con que escribiera algo que, bueno, escribí esto. Rne no quedó muy satisfecho pero como tiene que poner cosas nuevas en NADA, accedió a la publicación.Vale aclarar que además saqué unas pocas fotografías ilustrativas para acompañar este texto. (como casi siempre: click para agrandar)
No se asusten, Rne es bueno, sólo necesita cariño, pobre. (Esto último me lo hizo poner él).


Dr. Robles,
Malaver,
Diciembre de 2007




5 comentarios:

Quique dijo...

Eso no es Potoshop, indudablemente el LSD de Malaver es de los mas alucinogenos del mundo.
Viva Argentina, Viva las perchas, Viva Rosario que siempre tuvo merca.

E.Felman

El Ariel dijo...

Alguien sabe si los jeans Levi's que venden en Retiro son realmente originales?

El Ariel, re gato

El Cara dijo...

Los Levi´s de Retiro son más originales que los que se venden en Texas.

El Cara

Anónimo dijo...

Dicen que a Malaver se mudó Owsley Stanley, ¿será cierto?

Guido S dijo...

El Dr.Robles se la come!

Guido S.