LA FRASE DEL PERIODO DE TIEMPO QUE VA DESDE SU PUBLICACION HASTA SU REEMPLAZO POR OTRA

"Sin la facultad de olvidar, nuestro pasado tendría un peso tal sobre nuestro presente, que no soportaríamos abordar un solo instante más, y mucho menos entrar en él. La vida sola le resulta soportable a los caracteres triviales, a aquellos que, precisamente, no recuerdan."
(E.M. Cioran)

martes, 22 de enero de 2008

OVEJA

Mi lana es renegrida, oscura como una pupila dilatada por el estupor que nace del horror. En ella habita la Nada. Casi imperceptibles, pasan a mi lado fugaces destellos de pompones blancos. Son muchos, demasiados, y atosigan mis sentidos. Un murmullo que zumba, un gigante y fantasmal moscardón, un compendio de masas indivisibles. Siempre igual, siempre a la misma hora, con el sol a pleno, con el celeste absoluto, sin nubes. El pastizal los alimenta. Degluten velozmente en el prado mientras yo quedo detrás y mis patas parecen oponer resistencia al movimiento. Todavía no entiendo cómo quedan tan satisfechos con ese pasto. Lo he probado. No sólo lo he probado, sino que muchas veces me alimento con él y trato de engañar a mi estómago. Pero no logro la saciedad que manifiesta casi alegremente el resto, que vuelve después de su comilona fastuosa con un paso lento y nauseabundamente pesado. Yo sueño con el verdor de la pradera que diviso a lo lejos, más allá de unas extensas tierras áridas que se desparraman delante del soso pastizal diario. Jamás imaginé que pudiera existir un verde tal. Un verde que me sosiegue y me refleje con claridad.
Un viejo de lana abundante pero nunca bella, de patas entumecidas de no andar, dijo que nadie soportaría atravesar el desolado paisaje que nos separa de aquella pradera, mi pradera anhelada. Y agregó que no podía ver en aquél paraje (para mí, de ensueño) nada que valiera la pena. Me aconsejó abandonar ese tipo de ansias y dijo que cuando me centrara y olvidara aquellas nimiedades accedería a las celestiales alturas que todas las almas puras tienen como destino. Sin embargo, ese celeste no me parece tangible como el verde de esas praderas edénicas. ¡Qué delicado y a la vez fornido que parece el pasto! ¡Qué substanciosa su tierra! Los pocos compañeros que se molestan en observarme no lo entienden. Ellos dicen que la dicha no está allí, sino aquí, y que es hija de su libertad. Sin embargo, sus blancos mechones son esquilados periódicamente sin excepción. Yo no veo en ellos más que un mar de blancura homogénea. No hay reflejos grisáceos, sino una alfombra pura que asquea de tan estéril que resulta. ¡Qué sintética! ¡Y hay que ver con cuán falsa suavidad acarician ciertas siniestras manos este alfombrado! Y, curiosamente, si alguna manchita gris florece, la borran con vehemencia, la eliminan subrepticiamente, un borronazo furtivo. Y sin embargo, cuántas veces los oí pasmado elogiar la gran variedad de matices, la hermosa diversidad, el crisol de sensaciones.¡Esa variedad que soy incapaz de ver! ¡Y ojalá nunca pueda verla!
De noche, cuando todo parece morirse, salgo y dejo que el viento fresco me sacuda. Miro la luna, muchas veces lloro y allí, muy consciente de mí, con las certezas más hermosas y más tristes, soy yo más que nunca. La bella Astarté ilumina esa pradera que de noche parece aún más sublime y me incita a iniciar la marcha a través de la región inhóspita. Sé que lo voy a hacer, y si muero en el intento, moriré con mi esencia a flor de mi lana, más oscura que la noche cerrada. Soy una oveja negra. No soy parte del rebaño.

1 comentario:

Diego Culero dijo...

Me hace acordar a una canción que le gusta a las ovejas blancas...